domingo, 11 de octubre de 2015

Un carguero soviético en el puerto de Barcelona en 1936.

Hay en el Canto General de Neruda un episodio sobre un carguero soviético que arriba a Talcahuano al sur de Santiago de Chile y a cuyos tripulantes la policía chilena les impide bajar del barco. En el periodo de entreguerras estuvieron interrumpidas las relaciones diplomáticas entre Chile y la URSS. Ese carguero anclado en el puerto es saludado por la noche desde las montañas cercanas por miriadas de lucecitas. Son las lámparas de carburo que los mineros chilenos agitan saludando a los hermanos de la patria socialista. Muy conmovedor todo.


NERUDA – CANTO GENERAL
Os voy a contar aún otra pequeña historia.
Junto a las grandes minas del carbón, que avanzan bajo el 
mar
en Chile, en el frío puerto de Talcahuano,
llegó una vez, hace tiempo, un carguero soviético.
(Chile no establecía aún relaciones
con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Por eso la policía estúpida
prohibió bajar a los marinos rusos,
subir a los chilenos.)
Cuando llegó la noche
vinieron por millares los mineros, desde las grandes minas,
hombres, mujeres, niños, y desde las colinas
con sus pequeñas lámparas mineras,
toda la noche hicieron señales encendiendo y apagando
hacia el barco que venía de los puertos soviéticos.

Aquella noche oscura tuvo estrellas:
las estrellas humanas, las lámparas del pueblo. 
Hoy también desde todos los rincones
de nuestra América, desde México libre, desde el Perú
sediento, 
desde Cuba, desde Argentina populosa,
desde Uruguay, refugio de hermanos asilados,
el pueblo te saluda, Prestes, con sus pequeñas lámparas
en que brillan las altas esperanzas del hombre.
Por eso me mandaron por el aire de América,
para que te mirara y les contara luego
cómo eras, qué decía su capitán callado
por tantos años duros de soledad y sombra.

Voy a decirles que no guardas odio.
Que sólo quieres que tu patria viva.
Y que la libertad crezca en el fondo
del Brasil como un árbol eterno.



En El cero y el Infinito (Darkness at noon) de Koestler también aparecen los cargueros soviéticos del periodo previo a la segunda guerra mundial, pero en el texto de Koestler no hay lirismo, al escritor le interesa otra cosa, desvelar el proceso mediante el cual el  choque entre los objetivos utópicos del comunismo y las obligaciones de la  política de estado desemboca en una sociedad más tiránica que aquellas frente a las que se levantó el comunismo.

La Sociedad de Naciones tras la invasión de Abisinia por los italianos  había declarado un boicot económico a la Italia de Mussolini.  Los soviéticos aprovecharon la necesidad de conseguir materias primas que tenían los fascistas italianos para venderles  mercancías. En esos años, la URSS se comportó como un esquirol. (1)


Y tras este exordio llego a Barcelona. El 30 de enero de 1936, por primera vez desde la instauración del régimen soviético, arribó al puerto de Barcelona un vapor de la URSS. El Volkhov.  Provenía de Cardiff  donde se había cargado de carbón. 

                               Entradas de barcos en el puerto de Barcelona el 30 de enero de 1936 (La Veu de Catalunya)







                    El Volkhov atracado en el muelle del puerto de Barcelona (todas las fotografías son de Torrents y proceden 
                    del número de 9 de febrero de 1936 de la revista Crónica).

                                                           El Diluvio - 31 de enero de 1936.


Atracó en el muelle de Poniente próximo al Morrot y su tripulación la componían 22 o 23 hombres y 3 o 5 mujeres, según sea el periódico que hable de ello. No se permitió a la tripulación bajar del barco y una parte de la carga fue trasladada al muelle. 


                               Miembros de la tripulación contemplando la ciudad desde la cubierta del barco. 



A los cinco días, el 4 de febrero, partió rumbo a un puerto italiano. Durante los días  que permaneció en el puerto, las expresiones de apoyo,  flores, himnos, todo ello desde la distancia que permitía el grupo de guardias de asalto encargada de impedir el contacto físico entre comunistas de uno y otro lado   fueron constantes. Los comunistas catalanes acudieron cada día a saludar a sus hermanos.  

                                                       El Diluvio - 1 de febrero de 1936.



Venía de Cardiff puerto al que la marina mercante solía acudir para aprovisionarse del carbón de Gales, había descargado una parte de la carga en Barcelona y partía a Italia. El del Volkhov parece uno de los casos claros de vulneración por la URSS de los acuerdos internacionales para presionar al régimen fascista.    

                                                                     El Diluvio - 5 de febrero de 1936. 




La guerra de Abisinia tuvo un seguimiento extenso en la prensa de Barcelona. La revista Crónica narra una manifestación que tuvo lugar en octubre de 1935 en donde la “negrada”  al decir de la reseña intentó expresar su apoyo al régimen abisinio. Iniciada en Arco de Cirés transcurría por Conde del Asalto hasta que los manifestantes fueron distraídos por un “moreno muy salado” que obligó a todo el grupo a olvidar el motivo de la marcha para llenar un bar y vaciar las existencias de wiski del establecimiento.

                                                   Revista Crónica - 6 de octubre de 1935. 



(1) ARTHUR KOESTLER - EL CERO Y EL INFINITO


Hacía dos años que el Partido había ordenado a todos los trabajadores del mundo que
combatieran la nueva dictadura que se acababa de establecer en el corazón de Europa, por medio de un bloqueo económico y político. No se podía comprar mercancías procedentes del país enemigo, ni tampoco dejar pasar los cargamentos consignados a su enorme industria de guerra. Las secciones del Partido ejecutaron estas órdenes con entusiasmo, y los trabajadores del muelle de aquel pequeño puerto se negaron a cargar o descargar mercancías con destino a ese país o procedente de él. Otros sindicatos se les unieron. La huelga era difícil de llevar. Hubo conflictos con la policía, con muertos y heridos.

El resultado final de la lucha estaba todavía indeciso, cuando arribó al puerto una pequeña flota compuesta de cinco curiosos y anticuados barcos de carga; cada uno llevaba pintado en la popa el nombre de un gran héroe de la Revolución en el extraño alfabeto que se usaba en el Otro Lado; en las proas flameaba la bandera de la Revolución. Los trabajadores en huelga los recibieron con entusiasmo y empezaron inmediatamente la descarga de las bodegas. Después de varias horas se dieron cuenta de que el cargamento consistía en ciertos minerales raros, que venían consignados
a la industria de guerra del país boicoteado.

La sección del Partido de los trabajadores del muelle convocó inmediatamente una reunión del  comité, que acabó a golpes, y las acaloradas disputas se esparcieron a través del movimiento por todo el país. La prensa reaccionaria explotó el suceso con escarnio. La policía cesó de oponerse a la huelga, proclamando su neutralidad y dejando que los trabajadores del puerto decidiesen por sí mismos si iban o no a continuar descargando los barcos de la curiosa flotilla negra. Los jefes del Partido dieron órdenes para que cesase la huelga y se descargasen los barcos. Dieron explicaciones
razonables y argumentos sutiles para justificar, la conducta del País de la Revolución, pero pocos fueron los convencidos. La sección se dividió renunciando la mayoría de los miembros más antiguos.


Durante muchos meses el Partido fué casi inexistente, pero poco a poco, a medida que se acentuaba la crisis industrial del país, volvió a ganar su fuerza y popularidad.

Habían pasado dos años. Otra voraz dictadura en el sur de Europa, empezó otra guerra de  saqueo y conquista en África, y otra vez el Partido ordenó un boicot, que recibió una respuesta aún más entusiasta que la pasada. En esta ocasión los gobiernos de casi todos los países del mundo habían decidido impedir el suministro de materias primas al país agresor.

Sin materias primas, y particularmente sin petróleo, el agresor estaría perdido. Éste era el  estado de cosas cuando otra vez la curiosa flotilla negra hizo su aparición. El más grande de los barcos llevaba en la popa el nombre de un hombre que había alzado su voz contra la guerra y que había sido asesinado; en sus mástiles ondeaba la bandera de la Revolución y en las bodegas llevaban petróleo para el agresor. Un día antes de que arribasen al puerto, ni el pequeño Loewy ni sus amigos sabían nada de su llegada. La misión de Rubashov era prepararlos para ello.

El primer día no había dicho nada, limitándose a tantear el terreno. Pero a la mañana del día  siguiente la discusión comenzó en la sala de reuniones del Partido.

Era una habitación enorme, desnuda, sucia, y amueblada con esa falta de cuidado que hace que las oficinas del Partido se parezcan unas a otras en todas las ciudades del mundo. Esto era, en buena parte, el resultado de la pobreza, pero principalmente consecuencia de una tradición ascética y sombría. Las paredes estaban cubiertas con viejos cartelones electorales, frases hechas de intención política, y comunicados escritos a máquina. En un rincón había un viejo mimeógrafo cubierto de polvo; en otro, un montón de ropas usadas destinadas a las familias de los huelguistas, y cerca de ellas, una pila de volantes y folletos. La larga mesa la constituían dos tablas paralelas
apoyadas en caballetes, y las ventanas aparecían embadurnadas de pintura, como si el edificio estuviese a medio acabar. Sobre la mesa colgaba una bombilla eléctrica cuyo cordón pendía del techo, y al lado varias tiras de papel matamoscas. Alrededor de la mesa se sentaban el contrahecho, pequeño Loewy, el ex luchador Paul, el escritor llamado Bill y otros tres más.

Rubashov habló durante un rato. El ambiente le era familiar; su fealdad tradicional le hacía sentirse como en su casa. Se encontraba plenamente convencido de la necesidad y utilidad de su misión, y no llegaba a comprender cómo, en la ruidosa taberna, la noche anterior, había experimentado un sentimiento de desasosiego. Explicó objetivamente, y no sin cierto calor, el real estado de las cosas, aunque sin mencionar todavía el verdadero objetivo de su venida. El bloqueo mundial contra, el agresor había fracasado a causa de la codicia e hipocresía de los gobiernos europeos, algunos de los cuales guardaban aún la apariencia de continuar el boicot, mientras otros ni siquiera eso conservaban. El Estado agresor necesitaba petróleo. Durante los últimos años el País
de la Revolución había cubierto gran parte de esta necesidad. Si ahora interrumpía los envíos, otros países aprovecharían para arrebatarle ese mercado; en verdad, no podían pedir nada mejor para expulsar al País de la Revolución de los mercados mundiales. Rasgos románticos de esta clase hubieran perjudicado el desarrollo de la industria del Otro Lado, y con ello el movimiento revolucionario en todo el mundo. Las deducciones eran claras.

Paul y los tres obreros del puerto asentían. Pensaban con lentitud, y todo lo que el camarada  del Otro Lado les decía les sonaba de modo completamente convincente, siendo un discurso más  bien teórico, sin consecuencias inmediatas para ellos. No podían ver hacia dónde se dirigía, puesto que nada sabían de la flotilla negra que se acercaba al puerto. Sólo el pequeño Loewy y el escritor de la cara torcida, cambiaron una mirada rápida; Rubashov los observó, y terminó más secamente, sin ningún calor en la voz:

-Esto es realmente todo lo que tenía que, decir es, en cuestión de principios. Esperamos que cumplan las instrucciones del Comité Central y que expliquen el pro y el contra del asunto a los demás camaradas menos evolucionados políticamente en caso de que alguno de ellos guarde alguna duda. Por el momento, no tengo nada más que decir.

Hubo un silencio que duró un minuto. Rubashov se quitó los lentes y encendió un cigarrillo. El pequeño Loewy dijo en un tono de voz indiferente:

-Damos gracias al orador. ¿Hay alguien que quiera hacer ,alguna pregunta?

Nadie habló. Al cabo de un rato uno de los obreros del puerto dijo torpemente:

-No hay que decir mucho sobre eso. Los camaradas del Otro Lado deben saber bien de qué se trata. Nosotros, desde luego, continuaremos trabajando por el boicot. Pueden confiar en nosotros. En este puerto no se mandará nada a esos cerdos.

Los otros dos compañeros asintieron, y el luchador Paul lo confirmó: “Aquí, no”; hizo un ademán belicoso y movió las orejas.

Durante un momento, Rubashov creyó que sólo se le opondría una fracción, pero poco a
poco se dió cuenta de que no lo habían entendido. Miró al pequeño Loewy, con la esperanza de que aclarara la cuestión, pero éste mantuvo los ojos bajos y guardó silencio. De pronto, el escritor exclamó, acentuando su tic nervioso:

-¿No podrían elegir esta vez otro puerto para sus pequeños negocios? ¿Siempre debe ser el nuestro?

Los obreros del muelle lo miraron con sorpresa, sin entender lo que quería decir por
“negocios”; la idea de la flotilla negra que se iba aproximando a sus costas estaba más lejos que nunca de su imaginación. Pero Rubashov -había esperado esta pregunta:

-Es a la vez política y geográficamente conveniente -dijo-; las mercancías se llevarán desde aquí por tierra. No tenemos, naturalmente, ninguna razón para guardar nada secreto, pero nos parece más prudente evitar una algarada, que la prensa reaccionaria aprovecharía para sus fines.

El escritor volvió a cambiar una mirada con el pequeño Loewy. Los obreros del puerto
miraron a Rubashov sin comprender; se podía ver el esfuerzo que hacían por enterarse. De pronto, Paul dijo con voz cambiada y ronca:

-¿De qué estamos tratando aquí?

Todos lo miraron. Su cuello estaba rojo, y miraba a Rubashov con ojos salientes. El pequeño Loewy dijo con cierto trabajo:

-¿Ahora te enteras?

Rubashov los miró alternativamente, y luego dijo con calma:

-No he entrado todavía en detalles. Se espera que los cinco barcos de carga enviados por el Comisariato de Asuntos Extranjeros lleguen mañana por la mañana, si el tiempo no lo impide.


Aun así, todavía, transcurrieron algunos minutos antes de que todos comprendieran. Nadie dijo una palabra; todos miraban a Rubashov. Luego Paul se levantó lentamente, tiró la gorra al suelo, y salió de la habitación. Dos de sus compañeros se quedaron mirándolo. Nadie hablaba. Entonces el pequeño Loewy se aclaró la garganta y dijo:

-El camarada ha explicado las razones de este negocio; si ellos no entregan la mercancía otros lo harán. ¿Alguien desea hacer uso de la palabra?

El cargador que ya había hablado se removió en la silla y dijo:

-Ya conocemos esa canción. En una huelga hay gente que dice: “Si yo no hago ese trabajo  algún otro lo hará.” Ya hemos oído bastante de eso. Así es como hablan los esquiroles.

Hubo otra pausa. Se oyó un portazo en la calle al salir Paul. Entonces Rubashov dijo:

-Camaradas, los intereses de nuestro desarrollo industrial del Otro Lado son antes que todo.  El sentimentalismo no nos lleva a ninguna parte. Piensen en ello.

El obrero del muelle echó adelante la barbilla y dijo:

-Ya hemos pensado y hemos oído bastante. Ustedes, los del Otro Lado deben dar el
ejemplo. El mundo entero está pendiente de ello. Hablan de solidaridad, de sacrificio, de disciplina, y al mismo tiempo están utilizando su flota para sabotear la huelga.

Entonces el pequeño Loewy levantó la cabeza súbitamente; estaba pálido. Saludó a
Rubashov con la pipa y dijo en voz baja y rápida:

-Lo que el camarada ha dicho es también mi opinión. ¿Tiene alguien algo más que añadir? Se suspende la reunión.

Rubashov salió de la habitación apoyado en sus muletas. Los acontecimientos siguieron su curso previsible e inevitable. Mientras la anticuada flotilla entraba en el puerto, Rubashov cambió unos cuantos telegramas con la autoridad competente del Otro Lado. Tres días después los dirigentes de la sección de trabajadores del muelle fueron expulsados del Partido, y el pequeño Loewy denunciado en el órgano oficial de prensa del Partido como un agente provocador. Al cabo de tres días, el pequeño Loewy se había ahorcado.


No hay comentarios:

Publicar un comentario