martes, 26 de mayo de 2015

La calle del Mediodía

                 Uno de los extremos de la calle del Mediodía en las cuatro esquinas. 1921. Foto: Badosa


     El otro extremo de la calle del Mediodía en su desembocadura en el Portal de Santa Madrona Fotografía de autor       desconocido. Posterior a febrero de 1935 cuando se produce el derribo del cuartel de Atarazanas.



Si la calle Cid fue el escaparate del barrio chino de preguerra,  un escaparate  sin  competencia entre los lugares  canallas de  la Europa de los años treinta  y quizá  del resto del mundo  –recordemos la opinión de Douglas Fairbanks, un  connoisseur de los sitios más emputecidos del planeta,  tras su visita a La Criolla en 1934: “Nunca he visto una cosa igual en mi vida. Ni en Saigón, ni en Shangai, ni en Port-Said”,  a la calle Arco del Teatro   le correspondió la misión de hacer de  melting pot  entre el proletario venido de Murcia y Andalucía,  la ideología anarquista,  la oferta de locales  para aquella modalidad de turista ávido de sensaciones intensas  pero a la vez temeroso de adentrarse demasiado en las callejuelas del barrio,  y la pequeña delincuencia de descuideros,  niveles inferiores del comercio de drogas ilegales y prostitución. 

En la retaguardia de ambas calles, la calle Mediodía es  el campamento base de donde surge y a donde regresa  la hueste humana que se desparrama por el barrio chino. Los que bailan disfrazados de mujer  en La Criolla y Cal Sacrista, los que intentan desplumar al incauto con el juego de las tres cartas, las mujeres que llenan los prostíbulos de  la zona.  En las tabernas  de la calle se preparan los golpes, los descuideros se deshacen de los objetos robados, en ellas gastan el dinero obtenido en la prostitución, el juego, el trapicheo con la droga. Aquí  descansan, en  un camastro de una de las varias casas de dormir del enclave.

     Josep Dominguez. 1933. La fotografía está tomada desde la esquina de Mediodía con la calle del Cid. Al fondo se       ve el principio de Arc de Cires.




  

La calle Mediodía es también es un sitio donde se muere mucho.  No por las riñas que suceden a menudo y en donde aparecen navajas. Se muere porque es un lugar con poca higiene, con habitaciones interiores sin renovación de aire, donde cuando llega el invierno se pasa mucho frio y en donde es fácil que escasee la comida. Se muere de consunción y de enfermedades infecciosas.  En una conferencia que pronuncia en el año 1935, el  sr. Bausili, concejal de Política Social del ayuntamiento de Barcelona,  se recogen datos de mortalidad por enfermedades infecciosas. En la calle Mediodía la mortalidad es cuatro veces superior a la media de mortalidad de la ciudad de Barcelona.  

                                                      Semanario Despres.  27 de julio de 1935.




La calle Mediodía  es el corazón del barrio chino.  No hay autor que  escribiendo sobre la zona, no reconozca la importancia de la calle  y no la haga aparecer en sus libros. Desde Juli Vallmitjana que lleva a la Xava a vivir a un cubículo de una de sus terrazas,  hasta Jean Genet  señalándola  como uno de los extremos de sus recorridos.   Carco llega a la calle del Cid remontando desde  Mediodía. 



Desapareció la calle,  sobre la que pendía una sentencia a muerte  desde que en 1859  el ayuntamiento de Barcelona aprobara el Plan Cerdá   que incluía el trazado de una  vía B que uniría la calle Muntaner con Atarazanas.  Desde ese lejano 1859 hasta la extensión de la avenida  Garcia Morato a Nou de la Rambla pasan cien años  en los que  el ayuntamiento va dando pasos que acercan el momento de la desaparición.  Un impulso decisivo  que ayuda a  la ejecución de la sentencia viene con  los bombardeos  que durante el año 1938  efectua  la aviación italiana con sede en Mallorca  que  afectan  a varias fincas de la calle.   Quedó sepultado el trazado de la calle por el asfalto de la avenida García Morato y apenas guarda la memoria algún destello de lo que fue el  patio de Monipodio del barrio chino. 

Los pocos recuerdos que quedan adoptan en su mayoría la forma de  crónica de sucesos,  que fue el modo usual por el que la calle del Mediodía   señaló su existencia al resto de la sociedad.  La  homogeneidad  de los establecimientos que de tan humildes  llegaban a ser sórdidos por  vía de la suciedad y las peculiaridades de la clientela,  el que  tuviesen su negocio orientado a las necesidades de las gentes del lugar y en  los que   apenas entraba nadie  de fuera del entorno,  hace que apenas conozcamos el nombre de algún  local.   El punto más conocido fue  las cuatro esquinas, el  lugar donde la calle Mediodia atravesaba  Arco del Teatro y con el nombre de Arco de Cires  llegaba hasta  Nou de la Rambla.


Josep Dominguez. 1933. Las cuatro esquinas. 


Aquí, en estas  cuatro esquinas,  de hacer caso a la información de la policía de Martínez  Anido, dio inicio la refriega en la que perdieron la vida “El Pernales”  http://lavaix2003.blogspot.com.es/2015/03/por-que-murio-el-pernales-en-la-calle.html    y otras cinco personas la víspera del día de Navidad de 1920.   Durante años en las cuatro esquinas se jugó a los “pastos” un juego con tres cartas en las que hay que adivinar donde se encuentra  una de ellas y que aún hoy en día se juega en las Ramblas con la finalidad de siempre, desplumar a algún incauto.



Sebastia Gasch en una de tantas crónicas como escribió en Destino, evocaba el nombre de uno de los que en la calle Mediodía dirigía el juego de los pastos al que llama “El Moreno”.

En las cuatro esquinas se mercadeaba con material robado y así  aparece de vez en cuando en las noticias de prensa.


Durante el día, en las cuatro esquinas y extendiéndose por las calles de alrededor se levantaba un mercado ambulante que no siempre fue del agrado de las autoridades.  De su actuación en la postguerra, el barrio chino guarda el recuerdo de  un guardia urbano, por mal nombre Gravat,  que aterrorizaba a los vendedores ambulantes.  Un abuelo de este Gravat debió de ser un vigilante de apellido Pérez y según subrayan las crónicas, cojo, que en 1901 la emprendió a vergajazos de su porra con alma de hierro contra un aprendiz que tuvo la desgracia de no atender de inmediato a su orden de que se detuviera.  Hubo que llevar al aprendiz a la casa de socorro y el incidente le sirvió a El Diluvio para arremeter contra la política de seguridad pública del alcalde.
 

En el número 5 de la calle Mediodia  se encontraba  la denominada Mina Pequeña.  Es posible que se trate de la misma taberna que  Paco Villar  llama Cal Beltrán y que sitúa en el misma finca.  Es la taberna que con más frecuencia aparece en la crónica de sucesos y en relación a los hechos más graves. En ella, grupos de delincuentes preparan sus golpes. En 1919, de aquí parte el grupo que asesinó  a golpes a dos guardias civiles en la calle Córcega.  Tengo la impresión de que el nombre de Mina Pequeña viene de que al igual que la taberna de La Mina en Arco del Teatro, esta otra taberna comunicaba con el   patio interior de manzana, en este caso con la parte  que dejaba libre la fábrica del Circ Barcelones. 

Dibujo de Opisso del consejo de guerra a los imputados por el asesinato de dos guardias civiles en el cruce de las calles Córcega con Nápoles en diciembre de 1919. El grupo proyectó el asesinato en la Mina Pequeña. 



No me queda claro que todos los servicios de la policía  cuando detiene grupos de delincuentes que se reúnen en la Mina Pequeña, respondan a la prevención  o resolución de delitos. Alguna vez tengo la impresión de que la supuesta banda que en brillante servicio neutraliza la policía, no sea otra cosa que un grupo de amigos a los que se adjudica la comisión de un delito con la finalidad de mejorar el expediente del grupo policial que los detiene.

Como en este caso de enero de 1934 que relata La Vanguardia, donde al comisario del distrito de Atarazanas le había llegado el soplo de que un grupo de cuatro personas pensaba atracar a un gerente de Vilassar de Mar. Preparando la acción, el jefe del grupo se había apresurado a desempeñar su traje y comprarse una camisa nueva y unos zapatos. En comisaria la supuesta banda lo confiesa todo.  Sea o no cierto que la policía abortó un atraco, del comunicado que emite la comisaria,  que son los datos que recoge la prensa que en este caso, como en tantos otros, hace de transmisor de lo que dicta la autoridad, se desprende el nivel en el que se mueve la delincuencia de la calle Mediodía, al margen de lo que realmente ocurriera en esta ocasión. Desempeñando ropa, comprando una camisa y unos zapatos, previendo robar un taxi, es el nivel de la miseria donde se hace indistinta la comisión de un delito o cualquier acto desesperado del que tiene un hambre de días.

                                                                       La Vanguardia. 14 de enero de 1934




 

En el número diez  estaba Cal Pitoño. Reputada casa de dormir,  cuyo prestigio venia no tanto de la nula calidad de las instalaciones sino porque en ella se recogían buena parte de los desarrapados del barrio.  Frente a  Cal Pitoño, en el número 19,  había otra casa de dormir, La Paloma de Valencia.

                                                                   Centelles. 1935. Cal Pitoño

                                                         Centelles. 1935. La Paloma de Valencia.

Sobre ambos locales pasa la mirada Jaume Passarell  en un reportaje en  la revista Mirador en el año 1935. 
Passarell  nos muestra a un  Pitoño, porque Cal Pitoño  se llama así por  su propietario,   modelo de  hombre de empresa de los que tan pródiga es la cultura americana.  Personajes que empezaron de la nada y forjaron un imperio. Pitoño debe lo que tiene al tesón con que durante años mendigó por las calles de Barcelona y a que dedicaba una  parte de su tiempo, del escaso tiempo que le dejaba la mendicidad, a la recogida de papel. Ahora, en 1935,  es el dueño de una casa de dormir en la calle Mediodía y quien sabe hasta donde le puede llevar en el futuro su espíritu de empresa.   

El dueño de la Paloma de Valencia se llama Honorato y el establecimiento que regenta tiene mayor presencia y calidad que Cal Pitoño. En la planta baja hay una taberna que proporciona comida a los huéspedes que se atreven con la pitanza que se sirve.   Entre la fauna que alberga, destaca uno que acude a los cines del barrio y de las Ramblas y su negocio consiste en sentarse al lado de aquel que ve solo, bien vestido y con aspecto de estar interesado en entablar conocimiento con otros varones.  Una vez que se sienta al lado de la víctima,  pide a esta  que le entregue todo el dinero que lleva so amenaza de gritar que el incauto le ha propuesto actividades deshonestas.  La posibilidad de ser detenido y que le aplicasen la Ley de Vagos y Maleantes aprobada en el año 1933 tenía un efecto disuasorio en la resistencia que podía esperarse de  los espectadores solitarios.

La Paloma de Valencia es frecuentada por alemanes. Hay una colonia de alemanes numerosa en Barcelona. La crisis económica tras la primera guerra mundial hizo que muchos alemanes emigrasen de su país y varios miles se encuentran en Barcelona.  Hay una segunda oleada de alemanes tras la llegada de Hitler al poder.  En sus memorias aparece con frecuencia la calle Mediodía como el lugar donde se hospedan.  En la misma calle, en el número 16,  está el Bar Scandinavia  con una clientela casi toda alemana y en donde se alojó Margaret Michaelis, la mujer del arqueólogo y miembro del DAS, un grupo anarquista, Rudolf Michaelis. En una serie de reportajes del periodista Bartrina en La Publicidad sobre la emigración alemana en Barcelona, aparece la   Fonda Alemana en la calle Mediodía. Aparece en una serie de reportajes del periodista Bartrina en La Publicidad  sobre la emigración alemana en Barcelona (13, 14, 15 y 18 de abril de 1934).  Bartrina no da el nombre del establecimiento. La denomina fonda alemana, señala que se encuentra en la calle Mediodia,  e indica que en la misma recalan muchos de los vagabundos alemanes que llegan a Barcelona.  http://lavaix2003.blogspot.com.es/2015/03/los-alemanes-y-la-calle-mediodia.html

“El gran quarter general dels falsos i d'alguns dels veritables refugiats politics a Barcelona  s’aplega i resideix en aquest carrer tan miserablement acolorit del darrera les Drassanes que porta el nom de Migdia. Qualsevol vagabund alemany que arreplegueu a Barcelona us dira que viu a la Fonda Alemanya del carre del Migdia. Aquesta dita Fonda no és mes que una taverna i casa de dormir on per rnitjá d'un retol  descolorit  a la porta s’anuncia el preu dels llits: "Camas, betten, a 6o céntimos.  L'amo és catala, i com a bon catala és un home trempat i forçut. No és, doncs, alemany ni té cap parentiu amb  alemanys”.  […]

L'amo de la Fonda fa la seva feina completament absent a tot el que es parla i s'amanyaga al seu entorn. La seva muller, catalana també, collabora amb ell en alló que tan sols els
interessa: el farciment del calaix. […]

A la casa, que és un dels pocs llocs inedits, curiosos i acolorits de veritat que encara resten al nostre barri xines, no s'en estatgen mes que estrangers de Centre Europa. La nostra pobrissalla
no hi va, puix que els sembla que no son a Barcelona. Els rétols, els avisos, els preus, tot, o está
escrits en alemany o be en bilingüe. […]



Calle del Mediodía a la altura de la calle del Cid que se abre a la izquierda. Revista Estampa. 1929



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